Es sábado y son las tres de la tarde, cuatro días antes de que “The Phantom Pain” salga al mercado, y de la nada aparece una foto en mi timeline de Facebook de una copia el juego que alguien acaba de adquirir. Comento en el post e insisto: “How???” mientras pienso: “maldita zorra”. No hay respuesta y espero. Aparecen más comentarios que preguntan sobre el lugar de la compra: “¿Dónde?” Le doy like y a los cinco minutos me llega un inbox.

-¿Que onda?… Ve al lugar que se caracteriza por ser un mercado negro (pero el cual no lo dicen abiertamente), y cuesta menos que el precio de la tienda. Suerte y no digas que yo te dije.-

-Chido ¡muchas gracias, wey!-

-Si no, busca en los al rededores. Me comentaron que también lo tienen pero no me consta. Yo lo encontré en el mercado.-

“Chingado”, pienso mientras me encuentro bajándome de la camioneta con mi familia en un centro comercial al otro lado de la ciudad para hacer unas compras pendientes y para posteriormente buscar dónde comer, y digo con una voz que se resquebraja:

-No quieren ir a tal lado… por un juego que sale el martes.-

No sé qué esperar por respuesta. Me comienzan a sudar las manos, me tiemblan las piernas y mi boca tiene un sabor metálico.

-Pero es sábado…- no dejo que mi padre termine la oración.-

-Sí pero ya sabes que ahí se encuentra de todo.-

-¿Y dónde comemos?-

-En un puesto de comida del mercado,- digo con una naturalidad como si todo estuviese arreglado, y finalizo: -yo conozco dónde no hace daño la comida.-

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A pesar de que es un dato de hace más de cinco años, logro disimularlo. Mi respiración cambia, siento que es un poco más agitada y poco a poco suben mis pulsaciones cardiacas. “Madres…” es lo único que puedo pensar mientras identifico que me encuentro en un estado de ansiedad que va decreciendo y “no traigo pastillas” es mi siguiente pensamiento. Evito el divagar en ideas sobre no encontrarlo (o que ya esté agotado) y apresuro las compras y los pagos según yo con una ecuanimidad que (no) me acostumbra. Nos subimos a la camioneta y arrancamos para salir del estacionamiento del centro comercial. Son las cuatro de la tarde para atravesar la ciudad. Mi mente no deja de divagar. Mientras intento parecer normal tomo el libro con el que me subí a la camioneta para intentar distraerme en el trayecto y comienzo a leer a una velocidad poco usual para ser una lectura en Inglés. “Breakfast at Tiffany’s” se convierte en un mero vehículo para disimular mi estado alterado de conciencia, aspecto que me permite entender la lectura, pensar en el juego y además atender las respuestas de mis padres.

Llegamos al estacionamiento. Intento no caminar a paso tan acelerado y me adentro en el mercado. Pasamos por las diferentes zonas: las de venta de artículos de piel, de bisutería y subimos para la sección donde venden electrónicos y copias de películas.

-¿Por dónde es?- pregunta mi madre.

-Por acá- y me muevo por los pasillos como pez en el agua.

Pregunto en un puesto y me dan una respuesta negativa. “¡Carajo, es por dónde me dijo!” y mientras me digo a mí mismo (eso sin distinguir si lo hice en voz alta o para mis adentros) decido moverme a la zona de videojuegos. Son las 4:45PM y para mí el tiempo es oro. Pregunto en otros dos puestos y la respuesta es la misma.

-Sale hasta el martes, morro.-

-Gracias.-

Lo digo mientras me doy la vuelta con la poca amabilidad que me queda en mi estado de angustia. “¿Y si no lo encuentro?” Me comienzo a estresar más, la gente me estresa aun más, me estorban, todo me estorba y camino con más rapidez volteando de vez en vez solo para mirar si mis padres vienen detrás de mí. En una de esas ocasiones, ya en un pasillo muy alejado de dónde me recomendaron que buscara, encuentro una copia para XBOX ONE. “Su puta madre” pienso, mientras escaneo el local para ver si lo tienen, y sólo encuentro para XBOX 360 y otra copia de PlayStation 3, cuando interrumpen mi búsqueda.

-¿Qué juego buscas?

-Metal Gear Solid V: The Phantom Pain para play cuatro.

-Simón-

Busca entre los juegos y aparece una copia del juego detrás del de PlayStation 3.

-¿Cuánto sale?- digo con voz golpeada en tono de “¡véndemelo ya!”

-Nueve cincuent…-

-DÁMELO-

Lo embolsa y me lo otorga. Me dice unas cosas a las que no les presto atención y ya no me importan… Creo que era algo sobre la “garantía” y cosas así, pero no reparo y me muevo del local hacia dónde están mis padres para ponerles verdadera atención por primera vez desde que entramos al mercado.

-¿Qué comemos?- pregunta mi madre.

-¡Ah! Aquí abajo luego-luego está uno de comida dónde venía con mis compas de la prepa. Nunca nos hicieron daño.-

Bajamos y buscamos entre los comedores el local de comida mencionado hasta que damos con uno similar. Se ve limpio y confiable. No me importa que no sea el que había visitado y pido una mesa para tres personas. Esperamos cinco minutos para que se desocupe un lugar y poder pedir los alimentos. Mi papá intenta hacer plática sobre si alguna vez traje a comer a alguna de mis ex -novias o ligues al mercado y le contesto cordialmente que a algunas.

A estas alturas lo último que me importa es comer; mi nivel de ansiedad está por los cielos y siento dentro de mí que hay otra persona intentando liberarse y gritar para salir corriendo a jugar. Pido un agua mineral y un platillo que comparto con mi papá y respiro profundo.

Mi mamá advierte que lo último que quiero es hablar del recuerdo y me pregunta:

-¿Es el que estabas esperando desde hace meses?-

-Sí.-

-¿Es el de los trailers todos locos?-

-Sip es ese, el que dijiste que se veía muy violento.-

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Llegan nuestro alimentos y nos disponemos a comer. Ingiero mi comida con toda la lentitud posible. A estas alturas ya hay otra persona con la que tengo que lidiar y es la que aparece con mi estado mayor de ansiedad. Comemos de forma apresurada pero no rápida. Mi papá paga y nos vamos. Rumbo a la salida mi padre resulta tener un pendiente del mercado por lo que cambiamos de rumbo al área de relojes. Respiro profundo, saco el juego de la bolsa y contemplo la portada con el perfil de “Big Boss”. Me contengo las ganas de abrirlo justo ahí (no quiero parecer tan desesperado a pesar de que lo estoy, no enfrente de mis padres). Después de media hora de buscar relojes, salimos. Vamos rumbo al estacionamiento y yo solo me visualizo con el control en mis manos cuando mis padres deciden entrar a una ferretería.

Si hay algo que una persona con estados de ansiedad no puede controlar es el disimular sus estados alterados ante situaciones que conscientemente logran identificar pero que a pesar de saber que no debería de sentirse así, y que eventualmente llegará el momento esperado –jugar, en este caso-, no se pueden controlar porque pareciera que el fin de la ansiedad solo se aplaza con justificaciones que en su sano juicio le parecen pertinentes pero que en dichas circunstancias le son ridículas.

Respiro profundo. Entro a la ferretería y cuando descubro que están buscando un regulador que yo necesito, les comento que no me apura del todo. “NO EN ESTE MOMENTO,” pienso, y nos encaminamos hacia el estacionamiento.

Lo que parecieran 15 minutos más fueron una subjetiva eternidad. Una vez en el vehículo ya rumbo a la casa hago algo que hace bastante tiempo no hacía: abro la caja del juego en la camioneta como si por el simple hecho de ver el objeto donde está almacenado el juego pudiese tener un avance, y peor aún: tengo el conocimiento desde hace años que ya no se incluyen prólogos a las historias en el manual de instructivos. No se por qué lo hago pero palia mi estado de ansiedad y disminuye un poco hasta llegar a mi casa.

Una vez en mi casa pasa lo que tiene que pasar. Prendo la consola, y para disimular mi urgencia con mis padres, voy por un vaso con agua y un refrigerio (que se que necesitaré). Como un poco por la ansiedad y por el juego, que se que será intenso. Me siento en mi silla e inserto el disco, espero a que se instale y desconecto la consola de internet para evitar un bloqueo por parte de Konami por mi adquisición temprana. No sé si mi miedo sea fundamentado o no pero lo hago. No quiero que nada me interrumpa y todo comienza… “The man who sold the world” suena y estoy tranquilo. No sé si asustarme o sentirme feliz por lo que un entusiasmo puede llegar a hacer.