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Con anterioridad he hablado acerca de los juegos de terror. Sin embargo, me siento un poco obligado a escribir sobre algo similar, dada la fecha de hoy: Halloween. La época se presta a los sustos, lo tétrico, pedir dulces, las fiestas y quizás lo más importante: los disfraces. Independientemente de que celebren esta festividad o no, es imposible no percatarse de la importancia que tienen los disfraces en este día. No quiero hablar mucho del folklor  detrás de la noche de brujas, quiero hablar acerca de la función que cumplen los disfraces en nuestra vida. En cierta forma son un “juego”, cuando nos disfrazamos estamos jugando a ser alguien o algo que no somos en la cotidianidad, muchas veces más allá del aspecto físico porque adoptamos características  y personalidad del personaje u objeto que estamos representando.

El historiador holandés Johan Huizinga, en su libro “Homo Ludens”, habla acerca de cómo el juego es precursor de la cultura y fundamental para su desarrollo. Lo describe como una actividad libre, imaginativa y física que forma parte de nuestra vida “normal” y que, a su vez, se encuentra fuera de ella. Para Huizinga, jugar tiene que ver con situarnos dentro de un “círculo mágico”, un espacio donde las costumbres y reglas de la vida cotidiana quedan suspendidas mientras que el juego toma lugar con sus propias reglas y símbolos. Así mismo, jugar implica dejar a un lado nuestra incredulidad, es decir, permitirnos creer que lo que está ocurriendo dentro del espacio de juego es real.

tumblr_mbjyu2Dvbc1rncdgao1_500En base al trabajo de Huizinga es que sostengo que los disfraces son una forma de juego, cuando estamos disfrazados somos el personaje que representamos y no nuestro ser de la vida real. Ahora, los disfraces también han tenido un papel importante dentro de los juegos mismos porque nos ayudan a creernos más dentro del espacio de juego y en el papel  de nuestro personaje, un ejemplo son algunos juegos tradicionales de rol donde los jugadores se disfrazan para ponerse en los zapatos de su personaje y actuar como él.

Me pareció importante explicar las implicaciones de disfrazarnos para poder hablar en concreto de un juego que revive la experiencia de la noche de brujas, jugar, disfrazarse y ser alguien más: Costume Quest.

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Adoro los juegos de Tim Schafer desde que jugué Grim Fandango (juego que, curiosamente, toma elementos culturales de nuestro tradicional Día de Muertos) y Costume Quest no es la excepción. Costume Quest es un juego de aventura con características de uno de rol y combate basado en turnos. La historia del juego ocurre en una noche de brujas donde dos hermanos, que son nuevos en su vecindario, se ven obligados a salir juntos para pedir dulces y hacer nuevos amigos. El jugador tiene la opción de elegir entre el pequeño Reynold o la pequeña Wren para que protagonice la historia. Después de elegir personaje, los dos hermanos salen disfrazados a su vecindario listos para pedir dulces. El hermano que fue elegido por el jugador tendrá el disfraz de un robot mientras que el otro tiene el de un “candy corn” gigante (Esos dulces triangulares color amarillo, blanco y rojo).

El jugador toma control de los personajes y tiene que ir de puerta en puerta para realizar otra de las principales actividades de Halloween, pedir dulces. En una de las casas, el hermano del protagonista es secuestrado, porque su disfraz era el de un dulce gigante, por unos monstruos que tienen la intención de robar todos los dulces de la ciudad. Obligado  buscar a su hermano, el jugador persigue al monstruo que lo ha raptado y se enfrenta en una pelea con él. Es en el momento de la pelea cuando nuestro protagonista deja de ser un niño y se convierte en un robot gigante, robot del que iba disfrazado.

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De esto es de lo que estaba hablando al principio y es lo que más me fascina de este juego. Haciendo a un lado la historia, Costume Quest se trata, en esencia, de niños jugando en la noche de Halloween. No es casualidad que todos los héroes del juego sean niños, una de las características más remarcables de la forma en que juegan los pequeños en la vida real es que tienen una mayor capacidad de hacer a un lado la vida cotidiana y crear su propia realidad dentro del ambiente de juego.

Mientras el jugador no se encuentre en una batalla, los personajes siguen siendo niños con disfraces que caminan por su vecindario, actúan de acuerdo al disfraz que traen puesto, cambian de disfraces, buscan materiales para mejorar los suyos, interactúan con otras personas y piden dulces. En esta parte del juego, el jugador está viendo la realidad, es decir, la vida cotidiana de los personajes de Costume Quest. Recuerdo que, al momento de guardar el juego, los pequeños llaman a la policía para advertirles de los monstruos que planean robar los dulces de todos porque para ellos es real; el policía que les contesta piensa que es una broma, él no está jugando y no se encuentra dentro de ese círculo mágico donde la situación es una realidad.

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Al momento de entrar en combate, se desvanece la vida normal, las casas se vuelven diminutas y en el entorno aparecen otros elementos que se podrían considerar irreales. Cuando el jugador ve que los personajes se transforman en sus disfraces, en realidad está viendo a través de los ojos de los niños. Ellos se sienten y se ven  y pelean como los personajes de sus disfraces. Es gracias al juego de los disfraces que los hermanos del juego comienzan a encontrar nuevos amigos, les permite exteriorizar su verdadera personalidad y les ayuda a aprender y comprender el mundo.

Me gusta mucho la metáfora que Costume Quest hace sobre jugar a los disfraces. Creo que, al igual que los niños de Costume Quest, los juegos nos sirven para aprender, disfrutar y conocer gente nueva. Así que si el día de hoy deciden salir disfrazados, no olviden que también están jugando.