Una verdad: A todos nos gusta jugar. El arte del juego, si se le quiere llamar arte, precede las culturas humanas. Tenemos impregnados en nuestros códigos genéticos el gusto, interés, y necesidad por el juego. Lo dijo mejor el señor Huizinga en su obra maestra Homo Ludens: Podemos negar casi cualquier abstracción: la justicia, la belleza, la verdad, el bien, la mente, e incluso Dios. Podemos negar la seriedad si quieren, pero no podemos negar el juego y su acto. La naturaleza nos regaló el juego, y nosotros la convertimos en rituales y en mitos. Las grandes fuerzas instintivas de la vida civilizada tienen su origen en el juego: la ley y el orden,  el arte, la poesía, el conocimiento y la ciencia… todas tienen sus raíces en el juego. Todos jugamos. Todos sabemos jugar, y todos, en unísono, rechazamos a cualquiera que rompa las reglas de un juego: “El juego nos trae una perfección limitada en un mundo imperfecto”.

Entonces, si todos gustamos del juego, ¿por qué no todos jugamos video juegos?

Sorpresa: en los últimos años, cada vez hemos estado jugando y consumiendo más y más videojuegos.

Esto es un fenómeno reciente: con la llegada del iPhone/iPod/iPad al mundo occidental nace un nuevo boom en los videojuegos: los videojuegos casuales. Se le denomina juego casual a cualquier juego de video dirigido a una audiencia masiva de jugadores casuales. Los jugadores casuales juegan juegos que pueden tener cualquier tipo de mecánica y caen dentro de cualquier género con reglas sencillas que no requieran -o se les otorgue- un nivel de compromiso a diferencia de lo que consume un jugador hardcore.

Los jugadores hardcore – donde yo me incluyo- somos aquellos que compramos las consolas y juegos en el día de lanzamiento, les rendimos culto a los universos de muchos juegos y streameamos en Twitch.tv durante las noches después del trabajo. Es decir: los videojuegos son parte activas de nuestras vidas, ya sea como hobby o profesión.

El jugador casual, definido a grandes razgos como “cualquier persona con un smartphone”,  ha moldeado la industria de los videojuegos desde que los smartphones se han vuelto más accesibles, y el desarrollo de aplicaciones convertido en algo rutinario: Solitaire, Angry Birds, Timberman, Apalabrados… todos esos juegos usualmente jugamos cuando estamos en la sala de espera en nuestra ida al dentista, o durante una clase muy aburrida. Quizás nos clavemos en el juego de vez en cuando, pero nada como lo harían los jugadores más dedicados. Los jugadores casuales pueden o no tener una consola en casa, en realidad no importa, porque si te queda el saco con la descripción anterior, me enorgullece informarte que eres un jugador casual.

Como ellos. Justo como ellos.
Como ellos. Justo como ellos.

Sin embargo, estos juegos no sólo son consumibles en dispositivos móviles, también encontramos este género en las consolas. Por ejemplo, Ubisoft, que publica juegos hardcore como Assassin’s Creed 3 o Far Cry 3, también desarrolla Just Dance, y le va muy bien. Es por eso que en todos los E3 tenemos una detallada demostración de lo nuevo en la serie de Just Dance – en verdad hay gente que compra estos juegos.

Cuando envisionó el Wii, Shigeru Miyamoto tuvo una misión: lograr que su esposa se sentara a jugar un videojuego. En realidad, quería lograr que cualquier persona pudiera encontrar diversión en los videojuegos, y lo logró: en la última generación, el Wii fue la consola más vendida. Apoyando esta moción, la llegada de los dispositivmos móviles facilitan el consumo de los juegos, y desde el 2012 el consumo de este tipo de juegos ha incrementado exponencialmente, cuyo impacto evaluaré en las siguientes entradas de esta serie.

(También: aquí una infografía de Rebel Entertainment describiendo la popularidad de los juegos cauales)