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Viendo por enésima vez la película de Disney en donde se aventuran al universo gamer de los arcade, aquellos puntos de encuentro en donde se junta(ban) las personas para ir a pasar el tiempo jugando videojuegos independientemente si se tuviera una consola en casa o no en los tiempos actuales, o por el simple hecho de que cuando empiezan la novedad era por la falta de dispositivos que reprodujeran esta nueva tecnología de forma masiva en la sala de cada hogar, y por ende había que ir a un lugar especializado donde se rentaban los videojuegos por turno, una lógica similar a la del cine dónde se paga por función pero con un facto más socializante.

Lo interesante de este filme va más allá de la aparición de un Arcade en una película de Disney, aspecto que le dejamos a “TRON” (1982) que también se lleva la primicia de ofrecer una explicación de lo que ocurre detrás de una pantalla cuando el usuario se encuentra desconectado de la máquina, llevándonos a recordar la novela de Gibson de “Neuromancer” y su espacio “Virtual” que todavía hoy en día es complicado de definir y sigue en debate, sin embargo “Ralph el Demoledor” (2012) nos ofrece una serie de lógicas no arcadianas y más un problema social contemporáneo del posmodernismo; neoliberalismo; e identidad que vivimos en la actualidad.

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En primer lugar el personaje principal es el “malo”, y es un aspecto interesantísimo debido a que en toda la película no hay un ser malvado como tal, sino al contrario, se convierte en un conflicto de intereses dónde la prevalencia y una supervivencia en el mercado altamente cambiante del videojuego obliga a los personajes a cambiar su esencia en busca de una “mejora” individual, dejando de lado la parte comunitaria y enfocándose en un individualismo último que nos refiere “el bien para mi mismo y por mi mismo” pero no deja de ser un filme infantil y Disney mostrando una cesión de esa individualidad para generar un compañerismo pero buscando el bien particular de cada participante, y solamente al final (en la animación de los créditos) se puede vislumbrar una posible comunidad.

En segundo término y el más importante de la historia, lo que genera un conflicto como tal, porque he aquí lo curioso la búsqueda de prevalencia no genera conflicto sino segregación, pero en el momento en el que esa segregación tiene que ser y es combatida es cuando comienza el verdadero problema. Para empezar vemos un videojuego en el que una persona es desplazada de su hogar (Ralph) para la construcción de un edificio lujoso y al momento de exigir su derecho a si propiedad privada es atacado y se convierte en el “villano” y la cosa no queda ahí, este papel de villanía se interioriza en los roles sociales dejando un marcaje personal en lo actores en donde olvidan el carácter, o mejor dicho, se olvidan de socializar con el desplazado, se genera un prejuicio y pierde voz y voto en el lugar donde habita, o como diría Bauman, es un personaje más allá de la periferia, legalmente no es otra cosa que el que irrumpe el orden sin cuestionar sus motivos y en dónde un bien común y de lujo está por encima incluso de la dignidad de la persona, aspecto que pasa de forma similar con la coprotagonista “Vanelope”.

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Lo valioso del filme es el tercer punto a resaltar, los videojuegos están hechos por códigos “inamovibles” y llegan a ser frustrantes porque en el momento en el que son cambiados se convierten en otra cosa llevando al aislamiento junto con la condena social, pero al ser un reflejo de la sociedad son sujetos a un estudio como si fuesen la sociedad misma y más en un producto que refleja ese submundos o series de mundos alternos que cohabitan detrás de una pantalla y generan una sociedad similar a la nuestra, en dónde los segregados se unen para generar un cambio, un reestructuración de su papel dentro del “código” o superestructura si lo traducimos a nuestra vida cotidiana convirtiéndose en agentes de cambio que también en objeto de agresiones porque amenazan el orden social y dónde el climax de la historia es cuando “Ralph” y otro agente de cambio que se convierte en el antagonista entran en un conflicto mayor.

Es curioso que a pesar de haber motivos diferentes, objetivos antagónicos y modus operandi totalmente opuesto, son aquellos que están aferrados a la estructura cotidiana los que se niegan a ver los matices a pesar que se ven obligados a ser partícipes del conflicto siendo el punto de realización de las diferencias justo en el momento de sacrificio. Ralph el demoledor es una joya, pero no deja de ser surrealista disneysiana en dónde el final siempre es positivo pero esta va más allá porque a pesar de que en todas las películas de esta cadena siempre gana el bueno, en esta gana el malo aceptando su papel en el “código” como un factor de identidad pero negando ese papel y evitando el conformismo dejando en unas cuantas palabras la idea de un cambio social y que sólo basta cambiar la dicotomía de “Bueno/Malo” por alguna otra para ser el punto de partida hacia una reivindicación o mejor dicho un “Hackeo” de los roles sociales.

I’m bad, and that’s good. I will never be good, and that’s not bad. There’s no one I’d rather be, than me.